Reino Visigodo

sábado, 05 de mayo de 2007

Caminos en la Tierra

En un mundo dominado por el trabajo de la tierra, generaciones enteras viven y mueren sin apenas alejarse de su lugar de nacimiento. Pero al mismo tiempo comerciantes, buhoneros, artesanos, mercenarios... cruzan sin cesar las tierras ibéricas.

Viajar en la Edad del Hierro
Los viajes por tierra en época ibérica debieron ser lentos y fatigosos. Hay que tener en cuenta que, sin forzar la marcha, la distancia que se puede cubrir a pié difícilmente supera los 25 o 30 kilómetros diarios, o 40 kilómetros si es en caballería. Utilizando este promedio, un desplazamiento de Barcelona a Madrid supone unos 20 días de viaje. Hoy día por carretera esta distancia se cubre en 7 u 8 horas, y en menos de 1 si utilizamos el avión. Esto puede darnos una idea del diferente concepto del iempo y la distancia que existía entonces.
En ocasiones, había que reducir a toda costa estas limitaciones ante el imperativo de llegar al destino lo antes posible. Es el caso de correos, mensajeros, legados o embajadas, y por supuesto de los ejércitos. Es famoso el tiempo récord empleado por César en viajar desde Roma hasta Cádiz: 27 días.
Al paso del viajero se aparecerían lugares y construcciones que marcaban hitos en el camino. Poblaciones de mayor o menor tamaño se situaban a lo largo de las rutas, ofreciendo resguardo al final de cada etapa. Lugares de culto o ceremonial como santuarios y cementerios, anunciaban a veces la aproximación a una población importante, o el paso por un lugar muy frecuentado. Cuando el camino atravesaba un paso montañoso o el vado de un río podía verse custodiado por atalayas fortificadas, que controlaban la circulación de bienes y personas. A veces estas torres formaban verdaderos sistemas de vigilancia sobre extensos territorios.
Existían una serie de itinerarios muy utilizados por su importancia como rutas para el comercio o para el trasiego de los ganados. Partiendo de Andalucía occidental, la Vía de la Plata conectaba la costa con el Suroeste peninsular y penetraba hasta las tierras del Norte de la Meseta.Otra importante vía que partía del Guadalquivir alcanzaba la Meseta Sur, desde donde permitía llegar al Levante. Este camino también se bifurcaba hacia el Sureste, adentrándose en el interior de Granada y alcanzando la costa de Almería. Las llanuras litorales de Levante y Cataluña también favorecían el tránsito, y desde ellas ríos como el Júcar, el Turia, Ebro, Llobregat o Ter eran caminos para alcanzar el interior. Dado que la mayor parte de la población ibera estaba dedicada a la agricultura o la ganadería, sus necesidades de viajar eran muy limitadas.
Los desplazamientos cotidianos hacia los campos de labor o zonas de pastoreo se restringían a un ámbito local. Periódicamente, la necesidad de intercambiar productos era una razón para ir más allá de ese horizonte, acudiendo a lo que tradicionalmente conocemos como ferias o mercados rurales. Éstos podían situarse en oppida de cierta importancia, o en santuarios en los que la gente común ofrecía sus exvotos y aprovechaba la ocasión para hacer pequeños negocios. En cambio, los viajes a larga distancia se realizaban por motivos comerciales o políticos.

Los caminos
En tiempos de los iberos existían en la Península Ibérica numerosas pistas terrestres que servían a una activa red de contactos entre las diversas regiones. No obstante, estos caminos no tenían mucho que ver con lo que actualmente entendemos como “obras públicas”.
Las grandes redes de carreteras pavimentadas, señalizadas y con posadas o ventas, surgen allí donde un Estado fuerte pretende alcanzar con su poder hasta el último rincón de sus reinos. En España ese fue el caso del Imperio Romano, con sus calzadas, y más tarde de los caminos reales, más o menos mantenidos a partir de los Borbones, en el siglo XVIII.
Pero hay que tener en cuenta el tamaño reducido de los territorios
gobernados por los reyes iberos. Aunque numerosas rutas (cf. texto economía y comercio) los atravesaban, no existía una autoridad central que cuidase regularmente de su mantenimiento y este dependía por tanto de las circunstancias de cada jurisdicción local. Así pues, la gran mayoría de los caminos ibéricos serían simples pistas de tierra sin ningún tipo de obra de delimitación o de mejora del firme. Por tanto, eran vías sólo practicables durante los meses secos, convirtiéndose en peligrosos barrizales durante el invierno. A estas dificultades hay que añadir lo accidentado del relieve de amplias zonas del sur y levante peninsular. A menudo las lluvias torrenciales excavarían barrancos, cortando los caminos.

Las carriladas
Dado que muchos poblados ibéricos se asentaban sobre elevaciones rocosas, los caminos de acceso a su interior podían tallarse directamente sobre el lecho natural de piedra.
El ejemplo más espectacular que conocemos de este tipo de obras es el de Castellar de Meca, en Valencia. Allí se ha descubierto una red de caminos organizada en vías principales y secundarias, así como apartaderos para permitir el paso a los carros que bajaban del asentamiento. Con esta obra se consiguió salvar para el tráfico rodado el desnivel de 200 metros que existe entre el poblado y el llano circundante. El diseño de este sistema fue cuidadosamente planificado, y resultó tan eficaz que el trazado muestra ampliaciones,pero pocas rectificaciones en los varios siglos durante los que prestó servicio. No obstante el roce de las llantas de hierro de los carros gastaba la roca y obligaba a rehacer las carriladas . Se puso especial cuidado en mantener un equilibrio entre la pendiente y la longitud de los trayectos, sin escatimar esfuerzos para demoler grandes bloques rocosos que obstaculizaban el trazado.
Es muy posible que caminos de este tipo enlazaran a Meca con poblaciones cercanas.

Medios de transporte
Un paisaje montañoso y unos caminos tortuosos y frágiles convertían a las bestias de carga (mulas y asnos) o los caballos en el medio ideal para viajar y transportar mercancías. Éstas se colocaban en albardas o alforjas, una en cada costado del animal. Con este sistema un asno podía transportar una carga de entre 80 y 100 kg., y una mula entre 120 y 150 kg. De este modo una recua de 4 o 5 mulas podía sustituir a un carro cuando el estado de los caminos no permitía su circulación.
No obstante sabemos que se empleaban carruajes, gracias a los restos de sus ruedas y a las carriladas o huellas que dejaron en los accesos de los oppida, como en El Castellar de Meca (Valencia) . Para el transporte de cargas pesadas se utilizaban carros con ruedas macizas, y que irían tirados por bueyes. Existía también un tipo de carro más ligero, con radios en las ruedas, cuyos restos se han recuperado en enterramientos de personajes aristocráticos. Estos vehículos serían seguramente una forma de hacer ostentación de riqueza y elevado rango social, pero es posible que también, con su deposición en las tumbas, tengan un sentido simbólico como medio para realizar el viaje al más allá .

Comentarios

Añadir un comentario