sábado, 05 de mayo de 2007
Caminos en el Mar
Para los iberos el Mediterráneo no supone una barrera, sino un "puente de mar azul" que diría Luis Llach, para ponerse en contacto con el mundo multiétnico y multicultural que se proyecta hacia el atlántico.
La navegación
Viajar por mar resultaba mucho más fácil que por tierra. Sin embargo, la imagen del Mediterráneo como un mar cerrado y en calma resulta engañosa.
Sus aguas pueden ser muy traicioneras, y cualquier intento de emprender viaje entre octubre y marzo tenía muchas posibilidades de acabar en naufragio, como testimonia el pecio del Sec . La primavera y el verano eran las estaciones para navegar .
Para llegar a buen puerto, el sistema más primitivo consistía en mantener la costa a la vista, atracando siempre al anochecer. Es lo que se denomina navegación de cabotaje. En época ibérica sería un sistema utilizado para trayectos cortos. Para viajes de largo recorrido, los navegantes fenicios aprendieron a guiarse por la estrella Polar, lo cual les permitían viajar durante la noche. Por otra parte, la orientación por el sol y el aprovechamiento de corrientes marinas y vientos permitía adentrarse mar adentro. Posiblemente se servían también de animales, como palomas o monos, de acuerdo con una tradición muy antigua en la navegación mediterránea.
Algunos ríos del sur peninsular también permitieron la navegación, aunque sólo de embarcaciones de pequeño calado. Testimonios escritos de época romana nos hablan de la navegabilidad del Guadiana, el Guadalquivir y el Guadiamar. Otros cursos de agua como el Guadalete, el Vélez, el Segura o el Júcar serían igualmente practicables, aunque tampoco tenemos indicios específicos de la época ibérica.
Los barcos
No se han hallado restos arqueológicos de barcos que podamos considerar ibéricos. En todo caso es razonable suponer que los navíos utilizados por comerciantes griegos y fenicios del mismo período compartirían una tecnología y tipos similares. Algunas imágenes de la cerámica de Liria muestran pequeñas embarcaciones a remo, mientras que representaciones incisas como las de Sinarcas (Valencia) o Más Boscá (Barcelona) parecen corresponder a naves de tipo comercial con un sistema mixto de remos y vela.
Navegando impulsado por remos, un barco podía cubrir una distancia de cerca de 900 kilómetros en unos 8 días. Aunque es difícil calcular la velocidad teniendo en cuenta las escalas y los imprevistos del tiempo, por algunos escritores griegos sabemos que ésta rondaría los 147 kilómetros (82 millas) al día. Podemos comparar estas cifras con las que suponían los viajes por tierra .
En la bahía de Palma de Mallorca se halló un barco hundido, posiblemente cartaginés, que en el siglo IV a. C. traía productos del Mediterráneo a los iberos.
Ánforas
El transporte de mercancías como el vino, las salazones de
pescado o el grano exigía un envase de gran capacidad, pero que a la vez pudiese manipularse y apilarse fácilmente. Debían tener una boca estrecha para facilitar su sellado con tapones de corcho y yeso. Para evitar que sus paredes se empaparan del contenido se recubrían al interior con sustancias que lo hacían impermeable. A su vez, la cara exterior recibía un baño de barro muy fino denominado engobe, que protegía al contenido de filtraciones. La base de esto recipientes remataba en forma de pivote o punta, con el fín mencionado de apilarlos, o bien para dejarlas semienterradas en el suelo. Vasijas de este tipo fueron utilizadas tanto por los iberos como por los pueblos que comerciaron con ellos, y se denominan ánforas. Otra de sus funciones fue el almacenaje de víveres en las despensas, bien como destino directo de la fabricación, bien como uso secundario una vez el ánfora llegaba a su destino y se vaciaba del contenido original.
Pescando atunes
Durante los siglos V y IV a.C. en las costas del Sur de Portugal,
Andalucía y Levante, surgió una industria basada en la pesca de especies como la caballa y sobre todo el atún. Una vez limpiado y troceado, el pescado se salaba en pilas impermeabilizadas, mientras que las vísceras y la sangre se mezclaban también con sal y con otras especies de pescado para elaborar salsas que los romanos denominadan liquamen o garum. Ambos productos eran posteriormente envasados en ánforas . Estas salsas, que hoy se han tratado de imitar con mejor o peor éxito, eran muy apreciadas en las cocinas de la antigüedad, aunque siempre existieron variedades para el consumo de la gente común. Esta ocupación debió comenzar en forma de pequeñas empresas familiares. Pero con el aumento de la actividad económica en el Mediterráneo el negocio cobra importancia, y entre los siglos III y II a.C. empieza a ser llevado por esclavos, en explotaciones cada vez mayores. Este valor del atún como riqueza de primer orden parece quedar reflejado en la
iconografía ibérica, como en el caso del plato de pescado procedente del Tossal de la Cala en Benidorm (Alicante). En la ciudad de Cádiz, Hércules protegía la pesca del atún.
La navegación
Viajar por mar resultaba mucho más fácil que por tierra. Sin embargo, la imagen del Mediterráneo como un mar cerrado y en calma resulta engañosa.
Sus aguas pueden ser muy traicioneras, y cualquier intento de emprender viaje entre octubre y marzo tenía muchas posibilidades de acabar en naufragio, como testimonia el pecio del Sec . La primavera y el verano eran las estaciones para navegar .
Para llegar a buen puerto, el sistema más primitivo consistía en mantener la costa a la vista, atracando siempre al anochecer. Es lo que se denomina navegación de cabotaje. En época ibérica sería un sistema utilizado para trayectos cortos. Para viajes de largo recorrido, los navegantes fenicios aprendieron a guiarse por la estrella Polar, lo cual les permitían viajar durante la noche. Por otra parte, la orientación por el sol y el aprovechamiento de corrientes marinas y vientos permitía adentrarse mar adentro. Posiblemente se servían también de animales, como palomas o monos, de acuerdo con una tradición muy antigua en la navegación mediterránea.
Algunos ríos del sur peninsular también permitieron la navegación, aunque sólo de embarcaciones de pequeño calado. Testimonios escritos de época romana nos hablan de la navegabilidad del Guadiana, el Guadalquivir y el Guadiamar. Otros cursos de agua como el Guadalete, el Vélez, el Segura o el Júcar serían igualmente practicables, aunque tampoco tenemos indicios específicos de la época ibérica.
Los barcos
No se han hallado restos arqueológicos de barcos que podamos considerar ibéricos. En todo caso es razonable suponer que los navíos utilizados por comerciantes griegos y fenicios del mismo período compartirían una tecnología y tipos similares. Algunas imágenes de la cerámica de Liria muestran pequeñas embarcaciones a remo, mientras que representaciones incisas como las de Sinarcas (Valencia) o Más Boscá (Barcelona) parecen corresponder a naves de tipo comercial con un sistema mixto de remos y vela.
Navegando impulsado por remos, un barco podía cubrir una distancia de cerca de 900 kilómetros en unos 8 días. Aunque es difícil calcular la velocidad teniendo en cuenta las escalas y los imprevistos del tiempo, por algunos escritores griegos sabemos que ésta rondaría los 147 kilómetros (82 millas) al día. Podemos comparar estas cifras con las que suponían los viajes por tierra .
En la bahía de Palma de Mallorca se halló un barco hundido, posiblemente cartaginés, que en el siglo IV a. C. traía productos del Mediterráneo a los iberos.
Ánforas
El transporte de mercancías como el vino, las salazones de
pescado o el grano exigía un envase de gran capacidad, pero que a la vez pudiese manipularse y apilarse fácilmente. Debían tener una boca estrecha para facilitar su sellado con tapones de corcho y yeso. Para evitar que sus paredes se empaparan del contenido se recubrían al interior con sustancias que lo hacían impermeable. A su vez, la cara exterior recibía un baño de barro muy fino denominado engobe, que protegía al contenido de filtraciones. La base de esto recipientes remataba en forma de pivote o punta, con el fín mencionado de apilarlos, o bien para dejarlas semienterradas en el suelo. Vasijas de este tipo fueron utilizadas tanto por los iberos como por los pueblos que comerciaron con ellos, y se denominan ánforas. Otra de sus funciones fue el almacenaje de víveres en las despensas, bien como destino directo de la fabricación, bien como uso secundario una vez el ánfora llegaba a su destino y se vaciaba del contenido original.
Pescando atunes
Durante los siglos V y IV a.C. en las costas del Sur de Portugal,
Andalucía y Levante, surgió una industria basada en la pesca de especies como la caballa y sobre todo el atún. Una vez limpiado y troceado, el pescado se salaba en pilas impermeabilizadas, mientras que las vísceras y la sangre se mezclaban también con sal y con otras especies de pescado para elaborar salsas que los romanos denominadan liquamen o garum. Ambos productos eran posteriormente envasados en ánforas . Estas salsas, que hoy se han tratado de imitar con mejor o peor éxito, eran muy apreciadas en las cocinas de la antigüedad, aunque siempre existieron variedades para el consumo de la gente común. Esta ocupación debió comenzar en forma de pequeñas empresas familiares. Pero con el aumento de la actividad económica en el Mediterráneo el negocio cobra importancia, y entre los siglos III y II a.C. empieza a ser llevado por esclavos, en explotaciones cada vez mayores. Este valor del atún como riqueza de primer orden parece quedar reflejado en la
iconografía ibérica, como en el caso del plato de pescado procedente del Tossal de la Cala en Benidorm (Alicante). En la ciudad de Cádiz, Hércules protegía la pesca del atún.
