Reino Visigodo

viernes, 18 de mayo de 2007

Perseo y Andrómeda

Perseo se sentía realmente invencible con los talismanes de los dioses, pero no había terminado aún la maldición de la cabeza de Medusa que incluso muerta aterrorizaba al mayor enemigo.



Una vez que pasó por el desierto y cruzó las orillas del Nilo, estuvo cerca de la tierra de los etíopes y de otros pueblos extraños, y pronto la salida del Sol le enseñó una vista maravillosa. Junto a una roca negra a la orilla del mar, mojada por las olas, la figura de una doncella morena permanecía como una estatua; no se movió cuando él se acercó a ella, sólo lloraba y tenía sus largos mechones enredados por el viento. Él podría haberla tallado en la roca. Vio cómo, cegada por la luz solar y la espuma, se sonrojó ante su mirada, luchando por tapar su cara con las manos, pero no podía, ya que estaba encadenada a la roca.

“Bella doncella. ¿Cómo has llegado a esta situación?”, dijo Perseo, admirándose de su belleza no menos que de su dolor. “¿Por qué estas cadenas te engalanan como guirnaldas nupciales?”¿Cuál es tu nombre y tu raza? Pregunta alguien que antepone la libertad a los vínculos innecesarios”

La doncella se esforzó por hablar, pero enseguida otra lágrima ahogaba su la voz y la vergüenza ataba su lengua. Pero cuando el héroe se puso el casco de la oscuridad y se volvió invisible ante sus ojos abatidos, encontró por fin con la contestación.

“Soy Andrómeda, la única hija de Cefeo, el rey; y estoy aquí sufriendo por una orden, no porque yo quiera. Fue mi madre Casiopea, que se enorgulleció de mí por ser mas bella que las Nereidas, hijas del mar. Ellas, por despecho de Poseidón, crearon un cruel monstruo del mar destruyendo nuestras costas y asustando a las gentes en su casa. Entonces mi padre buscó el oráculo de Amón en las arenas de Libia y tuvo como respuesta que sólo el sacrificio de su hija podía parar la peste. Mis padres se resistieron mucho tiempo, pero la gente gritaba de dolor y tuvieron que obedecer el oráculo. Así pues, estoy aquí sin ayuda de nadie, esperando al monstruo que va a devorarme a la salida del Sol, y descansaré en paz. ¡Y ahí viene!” Ella terminó con un grito a la vez que subía un toro negro de las profundidades del mar.


“No te encuentras sin ayuda, bella Andrómeda” Dijo Perseo quien con su espada mágica cortó las cadenas que la sujetaban, con tanta facilidad como si fuesen hilos. “Con la ayuda divina oye matado a la Gorgona, y así lo haré con este monstruo, incluso aunque sea temible.”

La doncella permanecía inmóvil y tranquila, confiando que debía ser hijo de algún dios y que venía a rescatarla. Pero su grito de alarma había hecho eco en los acantilados en los que permanecían los dolientes padres con mucha gente, esperando ver el cruel final. Sus gritos de auxilio aumentaron la velocidad del monstruo hacia su víctima, que cerró sus ojos cuando vio sus fauces surcando las olas como una galera veloz.

Con una palabra de ánimo a Andrómeda, Perseo estuvo listo para la lucha que debería liberarla. Puso la cabeza de Medusa a un lado, cubriendo su horror con algunas algas, que luego se transformaron en ramas coralinas. Tomando su espada, saltó ligeramente al aire y voló para encontrarse con el monstruo que se lanzó contra Andrómeda con boca espumosa y dientes rechinantes. Pero cuando vio la sombra de héroe en el mar, la criatura, rabiosa, se volvió hacia ese enemigo invisible. Perseo descendió como un águila, atravesando su cuello escamoso con su afilada espada. El monstruo rugió, montó en cólera y se retorció, revolviéndose sobre su espalda intentando coger a Perseo con sus horrorosas garras, mientras una y otra vez la espada le atravesaba enrojeciendo con su sangre las olas del mar., y para todos los que miraban con ojos temerosos parecía como si el mar estuviese agitado por una tormenta.

Al final, cuando todo terminó, los llorosos padres bajaron del acantilado para ver lo que ocurría. Encontraron a su hija temblando pero ilesa, y detrás de ella a Perseo limpiando su espada, lejos del agua enrojecida por el cuerpo del monstruo.





“Secad vuestras lágrimas y volved con vuestra hija, liberada por mi espada”, fue el saludo de Perseo. “Pero a quien he liberado de la muerte pido un amable favor. Soy hijo de Zeus y Dánae, unos que vosotros no podríais despreciar por marido, si ella es libre de elegir”.

Los agradecidos padres accedieron de buena gana a dar no sólo a su hija al campeón, sino todo el reino si él lo deseaba como dote. Ahora, con lágrimas de alegría, ellos le llevaron a su palacio, donde pronto se preparó una fiesta para celebrar el matrimonio de Perseo y Andrómeda, más cariñosa que nunca por su mandato nupcial.

Pero en la fiesta de bodas hobo problemas cuando un sonido de armas irrumpió en le salón; era Fineo, pariente del rey, a quien la había sido concedida la mano de Andrómeda en matrimonio. Seguido por un tropel de partidarios armados, él reclamo a su prometida, desafiando acaloradamente a Perseo.

“Ningún extranjero puede casarse con una hija de nuestra tierra”, declaró, y no pocos invitados estaban de su parte.

“¡Tu no la salvaste cuando estaba encadenada a la roca!” contestó Perseo. “Ningún pariente o pretendiente luchó por ella contra el monstruo de cuyas garras la libré”.

Como respuesta Fineo arrojó su lanza, que se quedó temblando al lado de Perseo, que estaba protegiendo con su escudo a Andrómeda. Su espada centelleó como un relámpago, y en un momento la sala se alborotó. La canción y la alegría dieron paso al entrechocar de las armas, y las mesas se mancharon de sangre en lugar de vino. Tantos eran los seguidores de Fineo que los hombres del rey no podían con ellos; entonces sobre el estruendo se levantó la voz del héroe:

“Apartad todos mis amigos los ojos”


El sostuvo la cabeza de la Gorgona y los enemigos quedaron paralizados como piedras con el simple parpadeo de un ojo; uno blandiendo su espada, otro lanzando un dardo y Fineo, el último de todos, de rodillas pidiendo que le perdonara la vida cuando vio lo que les ocurría a sus compañeros de rebelión. De este modo ya no pudieron interrumpir la boda.

Así pues, volvió Perseo a su patria adoptiva, para dar por finalizada su misión. De esta forma llegó a la isla de Serinfo con su esposa. Cuando estuvo allí escuchó unas noticias muy conmovedoras. Su madre estaba todavía viva, pero Polidectes la había convertido en una esclava, persiguiéndola con su odioso amor hasta que fue conducida al templo de Atenea. Incitado por la ira, Perseo llegó al comedor del tirano y le encontró divirtiéndose con sus borrachos acompañantes.

“¡Mirad, el expósito, a quien nunca pensábamos volver a ver!” fue su desdeñosa bienvenida. “¿Has traído la cabeza de la Gorgona?”.

“Mírala bien”, dijo Perseo descubriendo el trofeo sangriento, antes de que los bufones se convirtiesen en piedra, que así se quedaron para siempre, limpiados por el viento y el tiempo.

En lugar de Polidectes, el hijo de Dánae hizo al bueno de Dictis jefe de la isla. Por su ahora contenta madre, supo que era nieto del rey de Argos fue a reclamar su herencia. Pero antes devolvió sus regalos a los dioses, y a Atenea le dio la cabeza de la Gorgona, enemiga de héroes y dioses.



Acrisio había oído con temor que su nieto todavía estaba vivo y se dirigía a Argos. Cómo recordaba las palabras del oráculo, no esperó su llegada y se marchó a Larisa en las tierras de Tesalia. Hasta allí le siguió Perseo, para persuadirle de que no era su intención matarle. Llegó allí cuando se estaban celebrando unos juegos, y Acrisio estaba entre los espectadores. El extranjero participó en ellos, y todos se maravillaron de la facilidad con la que ganó en las carreras y la lucha. Pero cuando su nombre fue de boca en boca, Acrisio se encogió y ocultó su cara temiendo ser conocido por su descendiente. Pero ocurrió que en la prueba del tiro con arco, Perseo lanzó mucho más lejos que sus rivales, y una ráfaga de viento desvió su flecha, que fue a clavarse en su abuelo, la herida acabó con su ya vieja y débil vida.

Perseo se sorprendió al ver como la casualidad, había sido el causante de la muerte de su abuelo. Después de enterrar el cuerpo y purificarse, regresó a Argos, pero no estaba tranquilo con la herencia que había ganado. Intercambió su reino con el rey vecino de Tirinio, y construyó para él la gran ciudad de Mecenas. Allí su vida fue larga, honrada y próspera.

Muchos héroes famosos nacieron de uno a quien los hombres tomaron como medio divino y, después de su muerte, Perseo y Andrómeda, con Cefeo y Casiopea, fueron situados por los dioses entre las estrellas brillantes que guían a los marineros.

Comentarios

Añadir un comentario