viernes, 18 de mayo de 2007
La Misión de Perseo
No hay monstruo que detenga al valeroso hijo de Zeus.
A Crisio, rey de Argos, le vinieron los problemas cuando un oráculo le dijo que sería muerto por la mano de su nieto; así pues para evitar que su bella hija Dánae tuviera un hijo, decidió que permaneciera soltera. Para conseguirlo, la encerró en una prisión, donde no pudiera ver jamás la cara de un hombre. Pero allí fue visitada por Zeus, que llegó en forma de lluvia de oro y la hizo concebir un hijo, que fue el famoso héroe Perseo.
Cuando el llanto del niño llegó a oídos del rey, este supo que su nieto había nacido a pesar de todos sus desvelos, su cobarde alma se llenó de consternación. Para no tener la sangre del niño sobre su conciencia, puso a la madre y al hijo juntos en un arca y les envió al mar, para que muriesen ahogados en alguna tormenta. Pero Zeus le vio, y ordenó a Poseidón calmar los vientos y las olas, y arrastrar el arca hasta la isla de Serifo. Aquí Dánae y el bebé encontraron un pescador llamado Dictis, que los trató amablemente y les acogió como si fueran su familia. Y así creció Perseo, al que los hombres de la isla tenían por hijo de un dios, ya que vencía en todas las pruebas y combates. Era alto, fuerte y con mente clara, todo un héroe entre los hombres. En sus sueños, Atenea iluminaba su corazón para ver los peligros mortales en plena juventud.
Su padre adoptivo tenía un hermano llamado Polidectes, que no era de corazón tan noble como Dictis, y era el jefe de la isla. En un principio fue amigo de los acogidos, pero pronto su alma se llenó de deseo hacia Dánae y pretendió hacerla su esposa. Esta que solo tenía corazón para su hijo se negó, por lo que Polidectes trató de deshacerse de Perseo. Para conseguirlo, el astuto jefe envió al joven a una peligrosa aventura, de la que difícilmente regresaría con vida.
La tarea era asesinar a la monstruosa Medusa, una de las tres hermanas Gorgonas, la única mortal, pero que con su mirada podía matar al enemigo más fuerte. Sobre su cabeza había víboras que se retorcían sobre su cara, tan horriblemente que cualquiera que pusiera sus ojos en ella se ponía rígido como una piedra. Pero Perseo no tuvo miedo de ver la cara de la Gorgona, cuando su patrona Atenea le dio sabios consejos sobre cómo realizar la misión.
La diosa se le apareció radiante y majestuosa, acompañada de su hermano Hermes y ambos le dieron poderosos talismanes para ayudarle. Hermes le dio su propia espada curva, capaz de cortar la armadura más sólida, y calzó sus pies con sus sandalias aladas, que le llevarían rápidamente por tierra y mar. Además, del reino de Plutón le trajo un maravilloso casco que le haría invisible. Atenea le dio su escudo, tan pulido que podría usarlo como espejo para atacar a Medusa y así no tener que mirarla directamente a la cara. También le dio una maravillosa bolsa de piel, en la que podría guardar la cabeza de la Gorgona una vez cortada, ya que incluso muerta, petrificaría a cualquiera que la mirase.
Con este equipo, se le indicó que debía ir primero a la Casa del Hielo del Norte, donde podría encontrar primero a las Grayas, medio hermanas de las Gorgonas y que eran las únicas que podrían decirle el camino para ir a la isla de Medusa. No perdió ni un instante desde la puesta del Sol, y solo pidió a Atenea que velara por su madre hasta que volviera con su trofeo. Estaba seguro de salir victorioso.
Saltando por los acantilados de Serifo voló hacia el Norte, hasta que llegó al lugar donde la nieve, las nieblas y los perpetuos hielos hacían que no pudiera vivir ningún mortal. Allí, a la orilla del mar Hiperbóreo, encontró a las hermanas Grayas juntas, débiles y sin forma, haciéndole dudar si eran dos o tres. Vestidas solamente con su pelo largo, blanco y erizado por el hielo, eran tan viejas y tan tontamente cariñosas que tenían un solo ojo y un diente para las tres, que con su manos titubeantes se lo pasaban de una a la otra con gemidos y murmullos, por turnos mascaban copos de nieve y miraban a través de las nieblas cegadoras. Perseo ya sabía todo esto y tenia trazado un plan.
Gracias a su caso, se volvió invisible ye les robó el ojo a las hermanas. Cuando estas se apercibieron, les amenazó con quitarles también el diente y dejarlas morir de hambre. Las Grayas gritaron y maldijeron, pero Perseo se mantuvo firme en su decisión y solo les devolvió el ojo cuando estas le revelaron la situación de la isla de Medusa.
Ahora debía volar hacia el Sur, donde la tierra se tornaba verde en los campos y bosques y el mar azul relucía y centelleaba bajo un cielo brillante. El aire era ya mas caliente y el volaba sobre la tierra y el mar hacia el otro límite del mundo; así paso por todos los ríos y montañas hasta que llegó al gran océano, donde no se navegaba. Pronto encontró la isla donde vivían aquellas odiosas hermanas, entre hombres sin vida y bestias convertidas en piedra por sus miradas.
Ya estaba cayendo la tarde cuando vio a las tres hermanas durmiendo, Medusa estaba en medio. Sobre ella, él no fijó sus ojos y se acercó de espaldas sosteniendo el escudo como espejo, para no ver la cabeza ensangrentada, con su melena de serpientes rizándose y retorciéndose incluso en el sueño. La cara de Medusa era horrible, cuando ella se movió bruscamente, Perseo vio cómo su cuerpo estaba cubierto de escamas repugnantes y plumas, y cómo sus extremidades terminaban en crueles garras, y su boca abierta con una sonrisa cruel enseñaba los dientes como los de una serpiente erizando su lengua bífida.
Se cuidó de no mirar por miedo a que ella pudiese abrir sus ojos sangrantes. Y viendo en su espejo cómo estaba tumbada, golpeó hacia atrás y con un solo golpe de la espada de Hermes cortó limpiamente alrededor de su cuello, tan rápidamente que no emitió ni un sonido. Entonces, con su mirada apartada y sus manos nerviosas, metió en la bolsa de piel la cabeza ensangrentada y no pudo reprimir un grito de triunfo.
Este grito despertó a las otras dos Gorgonas, que al ver el cuerpo decapitado de Medusa se volvieron furiosas. Silbando y aullando, extendieron sus alas de pájaros de presa parta buscarle con sus garras de hierro. Pero Perseo se puso su casco de invisibilidad y pronto estuvo fuera del alcance de los vengativos monstruos.
Rápido y lejos voló el héroe con su premio; el camino pronto le condujo sobre el desierto en el que no había ninguna criatura viva. Pero como la sangre de Medusa rezumaba de la bolsa, las gotas cayeron sobre la tierra y allí aparecieron serpientes y escorpiones, tantos que plagaron el estéril suelo. Así fue hasta que llegó por la tarde a los límites más occidentales del mundo conocido.
Aquí de día y de noche, el viejo gigante Atlas estaba arrodillado, sujetando el peso de los pilares del cielo. A él Perseo, cansado de su largo viaje, rogó para que le dejara quedarse y descansar en el famoso jardín de las manzanas doradas, que Atlas guardaba celosamente vigilado por un dragón. Pero el gigante groseramente le pidió que se fuera, ya que aseguraba que un hijo de Zeus estaba destinado a robar su jardín, lo cual ya había hecho antes Hermes.
Perseo, entonces le ofreció la cabeza de la Gorgona, y Atlas la tomó. Nunca más volvió a pronunciar una palabra. El enorme titán se transformó en una cumbre pétrea, su cabeza se tornó blanca de nieve, su barba de hielo y sus costillas duras como bosques. Y así permaneció desde ese día, como una montaña muerta sujetando las nubes.
A Crisio, rey de Argos, le vinieron los problemas cuando un oráculo le dijo que sería muerto por la mano de su nieto; así pues para evitar que su bella hija Dánae tuviera un hijo, decidió que permaneciera soltera. Para conseguirlo, la encerró en una prisión, donde no pudiera ver jamás la cara de un hombre. Pero allí fue visitada por Zeus, que llegó en forma de lluvia de oro y la hizo concebir un hijo, que fue el famoso héroe Perseo.
Cuando el llanto del niño llegó a oídos del rey, este supo que su nieto había nacido a pesar de todos sus desvelos, su cobarde alma se llenó de consternación. Para no tener la sangre del niño sobre su conciencia, puso a la madre y al hijo juntos en un arca y les envió al mar, para que muriesen ahogados en alguna tormenta. Pero Zeus le vio, y ordenó a Poseidón calmar los vientos y las olas, y arrastrar el arca hasta la isla de Serifo. Aquí Dánae y el bebé encontraron un pescador llamado Dictis, que los trató amablemente y les acogió como si fueran su familia. Y así creció Perseo, al que los hombres de la isla tenían por hijo de un dios, ya que vencía en todas las pruebas y combates. Era alto, fuerte y con mente clara, todo un héroe entre los hombres. En sus sueños, Atenea iluminaba su corazón para ver los peligros mortales en plena juventud.
Su padre adoptivo tenía un hermano llamado Polidectes, que no era de corazón tan noble como Dictis, y era el jefe de la isla. En un principio fue amigo de los acogidos, pero pronto su alma se llenó de deseo hacia Dánae y pretendió hacerla su esposa. Esta que solo tenía corazón para su hijo se negó, por lo que Polidectes trató de deshacerse de Perseo. Para conseguirlo, el astuto jefe envió al joven a una peligrosa aventura, de la que difícilmente regresaría con vida.
La tarea era asesinar a la monstruosa Medusa, una de las tres hermanas Gorgonas, la única mortal, pero que con su mirada podía matar al enemigo más fuerte. Sobre su cabeza había víboras que se retorcían sobre su cara, tan horriblemente que cualquiera que pusiera sus ojos en ella se ponía rígido como una piedra. Pero Perseo no tuvo miedo de ver la cara de la Gorgona, cuando su patrona Atenea le dio sabios consejos sobre cómo realizar la misión.
La diosa se le apareció radiante y majestuosa, acompañada de su hermano Hermes y ambos le dieron poderosos talismanes para ayudarle. Hermes le dio su propia espada curva, capaz de cortar la armadura más sólida, y calzó sus pies con sus sandalias aladas, que le llevarían rápidamente por tierra y mar. Además, del reino de Plutón le trajo un maravilloso casco que le haría invisible. Atenea le dio su escudo, tan pulido que podría usarlo como espejo para atacar a Medusa y así no tener que mirarla directamente a la cara. También le dio una maravillosa bolsa de piel, en la que podría guardar la cabeza de la Gorgona una vez cortada, ya que incluso muerta, petrificaría a cualquiera que la mirase.
Con este equipo, se le indicó que debía ir primero a la Casa del Hielo del Norte, donde podría encontrar primero a las Grayas, medio hermanas de las Gorgonas y que eran las únicas que podrían decirle el camino para ir a la isla de Medusa. No perdió ni un instante desde la puesta del Sol, y solo pidió a Atenea que velara por su madre hasta que volviera con su trofeo. Estaba seguro de salir victorioso.
Saltando por los acantilados de Serifo voló hacia el Norte, hasta que llegó al lugar donde la nieve, las nieblas y los perpetuos hielos hacían que no pudiera vivir ningún mortal. Allí, a la orilla del mar Hiperbóreo, encontró a las hermanas Grayas juntas, débiles y sin forma, haciéndole dudar si eran dos o tres. Vestidas solamente con su pelo largo, blanco y erizado por el hielo, eran tan viejas y tan tontamente cariñosas que tenían un solo ojo y un diente para las tres, que con su manos titubeantes se lo pasaban de una a la otra con gemidos y murmullos, por turnos mascaban copos de nieve y miraban a través de las nieblas cegadoras. Perseo ya sabía todo esto y tenia trazado un plan.
Gracias a su caso, se volvió invisible ye les robó el ojo a las hermanas. Cuando estas se apercibieron, les amenazó con quitarles también el diente y dejarlas morir de hambre. Las Grayas gritaron y maldijeron, pero Perseo se mantuvo firme en su decisión y solo les devolvió el ojo cuando estas le revelaron la situación de la isla de Medusa.
Ahora debía volar hacia el Sur, donde la tierra se tornaba verde en los campos y bosques y el mar azul relucía y centelleaba bajo un cielo brillante. El aire era ya mas caliente y el volaba sobre la tierra y el mar hacia el otro límite del mundo; así paso por todos los ríos y montañas hasta que llegó al gran océano, donde no se navegaba. Pronto encontró la isla donde vivían aquellas odiosas hermanas, entre hombres sin vida y bestias convertidas en piedra por sus miradas.
Ya estaba cayendo la tarde cuando vio a las tres hermanas durmiendo, Medusa estaba en medio. Sobre ella, él no fijó sus ojos y se acercó de espaldas sosteniendo el escudo como espejo, para no ver la cabeza ensangrentada, con su melena de serpientes rizándose y retorciéndose incluso en el sueño. La cara de Medusa era horrible, cuando ella se movió bruscamente, Perseo vio cómo su cuerpo estaba cubierto de escamas repugnantes y plumas, y cómo sus extremidades terminaban en crueles garras, y su boca abierta con una sonrisa cruel enseñaba los dientes como los de una serpiente erizando su lengua bífida.
Se cuidó de no mirar por miedo a que ella pudiese abrir sus ojos sangrantes. Y viendo en su espejo cómo estaba tumbada, golpeó hacia atrás y con un solo golpe de la espada de Hermes cortó limpiamente alrededor de su cuello, tan rápidamente que no emitió ni un sonido. Entonces, con su mirada apartada y sus manos nerviosas, metió en la bolsa de piel la cabeza ensangrentada y no pudo reprimir un grito de triunfo.
Este grito despertó a las otras dos Gorgonas, que al ver el cuerpo decapitado de Medusa se volvieron furiosas. Silbando y aullando, extendieron sus alas de pájaros de presa parta buscarle con sus garras de hierro. Pero Perseo se puso su casco de invisibilidad y pronto estuvo fuera del alcance de los vengativos monstruos.
Rápido y lejos voló el héroe con su premio; el camino pronto le condujo sobre el desierto en el que no había ninguna criatura viva. Pero como la sangre de Medusa rezumaba de la bolsa, las gotas cayeron sobre la tierra y allí aparecieron serpientes y escorpiones, tantos que plagaron el estéril suelo. Así fue hasta que llegó por la tarde a los límites más occidentales del mundo conocido.
Aquí de día y de noche, el viejo gigante Atlas estaba arrodillado, sujetando el peso de los pilares del cielo. A él Perseo, cansado de su largo viaje, rogó para que le dejara quedarse y descansar en el famoso jardín de las manzanas doradas, que Atlas guardaba celosamente vigilado por un dragón. Pero el gigante groseramente le pidió que se fuera, ya que aseguraba que un hijo de Zeus estaba destinado a robar su jardín, lo cual ya había hecho antes Hermes.
Perseo, entonces le ofreció la cabeza de la Gorgona, y Atlas la tomó. Nunca más volvió a pronunciar una palabra. El enorme titán se transformó en una cumbre pétrea, su cabeza se tornó blanca de nieve, su barba de hielo y sus costillas duras como bosques. Y así permaneció desde ese día, como una montaña muerta sujetando las nubes.
